La Redencion del Dios Guerrero – Más allá de mis Sueños.


Prologo

Capítulo I : “ Dos Amantes Corazones“

Capítulo II: “El destino de Polaris”

Capitulo III “la Redención del dios Guerrero”

Capítulo III – Más Allá de Mis Sueños

“La Redención del Dios Guerrero”

Con prisa cubrió el cuerpo, tratando de transmitirle todo su calor, fijóse bien en los signos vitales de su guerrero amado, sintiendo alivio al escuchar la leve respiración en su pecho. Deslizando sus finos y pálidos dedos notó una cicatriz en el lugar donde se encontraba su único punto débil. El corazón. Sintiendo gran culpa al recordar el origen de la herida y como pese a su errada forma de actuar Siegfried sacrificó su vida solo por convertirla en lo que ella era antes “la noble Hilda, con cálido cosmo”. Abrazó con fuerza el cuerpo que tenía en brazos, cayendo en cuenta que recién aprendía a abrazarlo, solo así podía hacerlo, sin barreras, sin limitaciones.

Lentamente acercaba sus labios a los de él, cuando un pequeño quejido salió del dios guerrero. Acobardando los ánimos de la princesa. Se azotó entonces un viento con furia. El cielo cubrió con nubes la bóveda celeste y la presencia del Heimdal dios guardián del arco iris apareció majestuosamente ante la soberana de Asgard.

– El padre de las batallas esta presente en mis palabras y en lo que ahora os diré- dijo.

Escucharlo era oír a todos los coros de ángeles, arcángeles , querubines y serafines del cristianismo. Fue entonces cuando se llenó del dulce aroma de la gracia divina y supo que estaba en éxtasis.

– El día de hoy Odín ha decidido darte una nueva oportunidad, tus oraciones y ruegos fueron escuchados. Gobernaos con justicia, velad por la paz y vestíos la capa de humildad y la armadura de la justicia y nuestro señor os librara de todo mal a lo largo de vuestra vida. Deja que tu alma encuentre el conocimiento y no sedas tus pasos a propósitos ajenos. – completó el bello dios con una voz imperiosa que parecía provenir del firmamento. – Ahora ved y curad las heridas de tus guerreros. Ellos han vuelto a la vida y es ocasión para celebrar.

Llegó hasta el cuerpo del dios guerrero, colocó la mano en la cicatriz y raramente observó el bello rostro del hombre por primera vez.

Inicialmente los cabellos rubio cenizo, su exangüe palidez y las delicadas facciones del dios guerrero inconsciente, fueron para Heimdal como un golpe en el estómago por el extremo parecido con Odín, en su forma rejuvenecida, presentación que solo él conocía y guardaba en secreto. Curó con prisa y al darse media vuelta observó los ojos de la valquiria. Pero en seguida, percibió adoración en la mirada de la bella dama. Y supo sin sombra de duda, que aquellos ojos, eran una réplica de aquellos que vió hace mucho tiempo. Los pesares y evocaciones sucumbieron tan afilados como dardos hiriéndolo en lo más vivo.

Valkiria nordico Hilda polaris

En el espejo del tiempo Heimdal recordó la apariencia espiritual y la ardorosa pasión de la única valquiria que entre los mortales vivió. ¡Era ella! con distinto aspecto, pero con la belleza incomparable de antaño. Henchido de amor,confianza e ilusión en ese momento volviendo a su pasado se arrodilló a los pies de la reina sorprendiéndola ¿acaso se había fijado en una mortal? Heimdal se río de si mismo. ¡Claro que se había fijado! la había visto y había reconocido en ella a la que por muchos siglos amó. Había deseado tanto conocer el amor, la vida y los placeres que la valquiria otorgaría, pero todo fue frustrado por el individuo al que llamaban héroe. Con un nudo en la garganta recordó también como ese sujeto se apodero de ella, cruzando el círculo de las embarbecidas llamas y rompiendo su divinidad con un primer beso. Heimdal ahogó su aflicción y la miró una vez más con especial ternura, marchándose tan pronto como había llegado.

El amor reflejado en la mirada de Hilda era casi vergonzoso de tan desnuda y simple que se sentía, al ver nuevamente a su guerrero favorito. Levantó la mirada y rezó como nunca había rezado antes.

Hoy mis ruegos fueron escuchados.

Sois mi padre y mi señor,

viviré feliz sabiendo que me habéis complacido,

haré lo que me pides,

si he de estar a la altura de vuestra fama y honor,

no puedo incumplir un juramento.

Juro velar por Asgard y protegerlo

pues es mi misión desde el día en que nací.

Odín escuchó la sagrada oración, el juramento de una niña pura, no fue una obra pactada por adultos, fue una decisión salida de su propia alma, la vana protesta del rey Roderick resonó entonces en la mente de Odín por un momento y luego se desvaneció.

– ¡Fue debil! ¡fue débil esposo mío! y ¿creerás en ella una vez más? ¿Tan ciegamente confías en ella?

– Mi valquiria ha jurado – advirtió con majestuosidad, siendo escuchado por todos los dioses. – no la desacreditéis ahora.

– Muy bien padre de batallas. Pero no os lamenteis, cuando desestime tu poder. Ahora te advierto. Si llegase a pasar iríais solo en tú camino. Apoyas a la hija de una extraña. Si necesitáis representantes, tomad a los tuyos. A nuestros hijos, no los de ella.

El silencio se apodero del escenario, con imponente voluntad, el dios se levantó de su asiento, dió la espalda marchándose, haciendo caso omiso de las quejas de su esposa.

– ¡Iras Solo! ¡No lo olvidéis!

El frió bosque de Asgard era nuevamente iluminado por las estrellas del cielo, que resplandecían en toda su magnitud. No había nada más que pedir. Sin hablar estrechó nuevamente el cuerpo de Siegfried. En un sombrío silencio los guardianes del templo llegaban al punto con sus caballos. Al cabo de un momento saludaron a la gobernante.

– Por la gracia de Odín . Esto no lo esperábamos. – Se escuchó de un soldado.

– Pronto escoltad a la reina.- Fue la orden del superior.

– Llevaos al señor Siegfried a sus aposentos. – Dijo Hilda con voz serena- Y dad instrucciones a las criadas para que sea tratado con todas las atenciones que merece. Y si surge algún contratiempo, acudid pronto a mi. Erick dad ordenes y salid pronto a buscar a mis otros dioses guerreros, guiaos de las estrellas. Ellas os llevaran. Llevadlos con sumo cuidado al palacio.

– ¡Mi señora! ¡Así será!

Salieron presurosos al aire nocturno, las órdenes eran fijas y resonaban en sus mentes, las estrellas sinuosas cumplieron su cometido y uno a uno, fueron los dioses guerreros encontrados en el camino.

– Es el señor de Beta y se encuentra con él la señorita Flare.

– ¿Está muy mal herido el señor? – no se atrevió a preguntar más al ver el rostro de la pequeña Flear, quien también había cubierto el cuerpo del dios guerrero con su capa. Ella no lloraría, Hagen estaba vivo y no vería una lágrima suya por el resto su vida. Fue lo que ella se prometió, preocupada estaba, su guerrero no abría los ojos, cuando de pronto escuchó decir a Erick.

– Un verdadero señor del fuego y hielo nunca muere. – Llenando de esperanza a la hermosa princesa de rubios cabellos.

– ¡Por Aquí! el señor de Mizhar yace dormido.

– ¡Es imposible! el señor de Mizhar esta conmigo.

– ¿Que dices?

– ¡No pueden existir dos señores de Mizhar!

– ¡Dioses del cielo! – exclamó otro soldado.

Los hombres levantaron ambos cuerpos y acercaron sus antorchas, constatando la igualdad. Otras antorchas se sumaron en la búsqueda. A la luz de las llamas y las estrellas, decidieron llevar a ambos hombres al palacio.

Otro grito fue escuchado aclamando el encuentro del señor de Megrez, quien reflejaba absoluta paz y tranquilidad divina en el rostro. El cerebro brillante de Asgard, también había vuelto a la vida.

Las memorias de infancia del rubio dios guerrero de Benetnasch volvieron con él. El rencor, la ira y deseo de venganza por la muerte de sus padres desapareció encontrando la paz al haber compartido la mesa en el Valhalla con su padre el gran Folkien. Quien perdonó a su joven hijo, respirando por primera vez el aire templado y reconfortante de una verdadera relación paternal. Sintió entonces como era llevado por los guardias del palacio abriendo lentamente los ojos, para luego caer en letargo.

Muy pronto el aullido bien entonado de los lobos señalaban la ubicación del dios guerrero de Aliotho. Un lobato con una cicatriz en la frente hizo su aparición en el camino de los guardias, lejos de comportarse como una fiera, tomó a Erick del brazo y con prisa lo llevó hacia donde reposaba su hermano.

Los lobos cubrían el cuerpo del más joven de los dioses guerreros. Jean, que era el nombre del lobato consentido, el cual volvió a la figura que yacía inmóvil en la tierra, lamiendo el pálido rostro del durmiente; lanzando quejidos volviendo una vez más a tomar el brazo de Erick abriendose paso entre sus hermanos lobos. El guardia escuchaba los quejidos de Jean y sus hermanos como una súplica, la mirada en los ojos de todos los lobos parecían implorar por la salvación del joven guerrero. Juntos acarrearon el cuerpo del dios guerrero cuando este comenzó a reaccionar tomando una enorme bocanada de aire. Abrió débilmente los ojos y reconoció el rostro de su lobo hermano, pronunciando su nombre. Causando una reacción en cadena manifestada por aullidos de alegría.

Llegaron a la ubicación reflejada por la estrella de Pecta . Más no encontraron cuerpo alguno. ¿Sería acaso que los dioses optaron por dejarlo en el Valhalla?. De pronto se escucho un grito:

– ¡Señor vea esto!

– Erick se acercó lentamente, iluminado con las antorchas de sus compañeros observó el rastro en la nieve. Siguieron el rastro hasta llegar a una pequeña cabaña. Abrieron la puerta violentamente. Encontrando una hermosa joven tan pálida como la nieve y con los cabellos tan oscuros como el caoba. Una belleza particular. Malena que era como se llamaba, se levantó con cautela al terminar de examinar las heridas del dios guerrero de Pecta, después de confirmar que ninguna revestía gravedad. Thor en su inconsciencia sintió un reconfortante calor en el pecho. Erick agradeció a Malena por encontrar al Dios guerrero en el bosque.

Muy pronto la noticia corrió por todo Asgard, la algarabía del pueblo se dejó escuchar, los nombres de los dioses guerreros eran aclamados uno a uno al verlos ingresar. Las ofrendas a Odín no tardaron en llegar y la celebración duro por tres días. Los nobles del reino visitaban a las princesas más de lo normal, curiosamente acompañados por sus jóvenes hijas, a quienes ofrecían en oferta nupcial. Recibiendo negativas de las princesas.

– Princesa Hilda. Soy la única Megrez que queda en Asgard y me veo en la obligación de hacerle esta petición. Quiero ver a mi primo, puesto que muy pronto será esposo mio.

– Me temo que no puedo complacerla, ni siquiera yo he tenido la fortuna verlos. Debéis saber que su estado es delicado, pues tiene las heridas propias de la muerte. No queda más remedio que esperar. – Le dedicó una sonrisa y en seguida decidió dar respuesta al compromiso obligado por linaje en tradición. – Cuando Alberich despierte, él decidirá si os toma por esposa. Mientras tanto nada puedo hacer.

La dama comprendió la respuesta al instante ¿Sería acaso el favorito de Hilda? Por otro lado, si era cierto, nada le impediría acercarse a los otros dioses. La ira y la venganza se apoderaron de sus atractivas facciones, se puso en pie y en sus pensamientos se dijo: “Nada puede detenerme. Algún día seré la gobernante de Asgard. Es el destino de los Megrez”.

El doctor Amleif hizo su ingreso al salón principal. Como era costumbre los soldados vikingos empeñaban el esplendor del palacio con sus vestimentas, acompañados estaban por la nobleza de Asgard. Se inclinó en respetuosa reverencia ante la gobernante.

– Mi señora, ahora puede verlos – informó a la sacerdotisa, causando gran alegría y emoción entre las presentes.

Emocionada corrió la adorada por los pasillos siendo seguida por los nobles, a quienes los soldados con sus lanzas impidieron el paso. Los pasillos se le hacían interminables, en el sepulcral silencio solo sus pasos se oían, más por encima de este sonido su espíritu y todo su ser yacía en la habitación del guerrero Dubhe de Alfa. En ese momento, se habría dejado caer pero, algo la impulsaba a seguir, era como si se sintiera atraída a ese lugar más prosiguió con actitud vacilante ante el lumbral de la enorme y pesada puerta.

La tenue luz de las velas iluminaban la habitación, la silueta masculina del dios guerrero yacía tendida en una cama suntuosa y blanca, acercose con sumo cuidado, tratando de no despertarlo. Aquel hombre era un héroe de absoluta pureza. De pronto, advirtió la verdadera belleza ante sus ojos, sus rizos cenizos de un cabello tan fino como el de un recién nacido caían caprichosamente sobre la almohada y su frente , creando encantador desorden. Vio anonadada por primera vez y con exquisitez el varonil semblante de Siegfried, y gradualmente sus sentidos quedaron inquietos. De pronto, un destello de lujuria sin advertir la asaltó, pero tomó esas preocupaciones como delirios imposibles de realizar.

Tomó con delicadeza entre sus nerviosas y frías manos la mano del dios guerrero, y supo entonces qué la mantuvo atada a él a lo largo de toda su vida, fijando su mirada dulce y centelleante. Poco a poco los ojos del dios guerrero se fueron abriendo, mostrándole una vez más dos veces el cielo en su rostro. Moviendo la cabeza agitó sus despeinados cabellos, dibujando una sonrisa de satisfacción y paz absoluta en el rostro dedicado solamente a su princesa, habló poco, pero su voz grave poseía la misma fuerza de antaño y notó como Hilda lo observaba sin cesar, el silencio reino aún más , no era necesario hablar, a medida que se consumían las velas advirtió la mirada especial de la sacerdotiza. Un brillo que jamás pensó en volver a ver. Bella y pálida lo miraba con igual fijeza dedicándole la más tierna de las sonrisas. Aunque siempre apartaba la vista cuando intuia que él volvía la mirada hacia ella.

– He vuelto princesa mía. No la dejaré sola nunca más.- el silencio se hizo presente por unos segundos – todo el mundo sabe que estoy a su servicio. Y que seré su dios guerrero hasta el final de mis días. Hilda, por tu mirada podría adivinar… ¿que quieres de mi?

– Perdonadme. Que Odín os dé la mejor de las noches- respondió Hilda con entusiasmo. – Mis oraciones estarán contigo siempre- Un rubor salpicó la cara de la sacerdotisa.

Agradecida Hilda se despidió y cerró con absoluta delicadeza la puerta, quedando recostada sobre esta sin reaccionar. Los pasillos parecían más largos que cuando los había recorrido antes, reparó en las palabras de Siegfried una y otra vez, era muy bueno volver a escuchar su voz. Llegando por fin a su recámara , exhalo entonces un suspiro desde lo más profundo de su ser y en voz baja una vez mas repitió: “Con Siegfried a mi lado a nada debo temer”. Saltó al instante al caer en cuenta que solo al dios guerrero de Alpha visitó y regresó por los pasillos irradiando alegría, corriendo y saltando como cuando era niña, abriendo la primera puerta con el rostro iluminado de felicidad.

– Las noches son frías en Asgard…Nunca lo olvidé- Se escuchó la voz del guerrero de Arcor.

– Se bienvenido al palacio Valhalla Bud de Arcor.

– Mi hermano Syd yace dormido en esta habitación ¿Saluda a un plebeyo antes que a un noble? – respondió al que por muchos años consideraron solo una sombra.

– Debes saber que no permitiré que vivas bajo el castigo implantado por nuestros ancestros. A partir de ahora nada os faltará. No veo a plebeyos, tampoco nobles. – dijo azuzando el fuego de la chimenea- No volverás a sentir la frialdad de no tener un hogar. Ahora descansa, no hables más y concilia el sueño.

A continuación abrió la puerta del cuarto contiguo, en su interior el guerrero de Benethoch yacía aún dormido, pero la expresión en su rostro esta vez fuera de reflejar tristeza irradiaba paz y tranquilidad. Era el protagonista de una bella escena entre las sábanas de satín; parecía un ángel al dormir. Hilda no se atrevió nisiquiera a respirar, optando por retirarse.

En su tarea de exáminar uno a uno a los sagrados dioses guerreros llegó a una lúgubre habitación fría y oscura y exquisitamente decorada con finos muebles tallados. Durante unos segundos sintió no agradarle el ambiente. No se dió cuenta cómo y cuándo la tomaron del brazo, agitándose con manifiesta angustia miró a quien la atacaba, dando alcance a unos intensos ojos verdes. Sintió entonces como tomaron su mano y encajaron en ella una sortija. Tristes recuerdos y miedos del pasado azotaron su mente desvaneciéndose en el acto. Despertó aterrada y temblorosa. La cámara solo era iluminada por la tenue luz de luna. Reconoció entonces la silueta del personaje que alguna vez intentó eliminarla, ensimismado mirando caer la nieve por la ventana. Abrió desmesuradamente los ojos al observar el anillo que traía en uno de sus finos y delicados dedos, reviviendo la peor de sus pesadillas en su mente. Notó una ráfaga de aire frío, se volvió hacia la ventana y vió que él ya no estaba ahí. Encontró entonces a Alberich de Megrez al costado de la cama, postrado de rodillas y con la mirada baja, en señal de absoluto respeto.

– Divina Hilda… Cometí una falta que no puede pasar por alto. Y que fue la causa de muchas pérdidas de vidas.

– ¿Os referís a la muerte de los guerreros en la última batalla?

No recibió respuesta. Alberich solo golpeó el piso con el puño. Con la elegancia propia de un noble, levantó la mirada.

– Odín sabe que he faltado – clamó con voz ronca. Por su expresión ausente se adivinaba que su cerebro estaba hurgando en el pasado – Yo incumplí mi juramento de protegerla…Yací con el plan de Poseidón…ingenié la manera de matarla y dominar el mundo con la ayuda del anillo nibelungo, menosprecié el valor de las vidas que tuvieron que sacrificarse. Esas son faltas suficientes para condenar a cualquier hombre.

– Pero ¿Acaso esta no es la prueba de que Odín os ha expíado ya? – preguntó Hilda – Bien sabeis que fue mi debilidad contra el dios griego de los mares lo que ocasionó la pérdida de tantas vidas. Pesa aún ese pecado en mi conciencia. Ustedes murieron por mi culpa – confesó – Alberich, Odín decidió volverte a la vida otorgándote una segunda oportunidad para poder enmendar tus errores. No seré un obstáculo en tu reconciliación.

El Dios Guerrero de Megrez se echó a llorar tan desconsoladamente como un niño. De pronto todos los vínculos inexistentes entre ambos, los lazos que nunca los habían unido a lo largo de tantos años comenzaron a nacer. El Dios Guerrero de Megrez tomó la mano de la bella sacerdotiza y clavando en ella su penetrante mirada dijo:

– Juro por el honor de mi familia y por el mio como Dios Guerrero, defenderla de todos aquellos que intenten hacerle daño. Por ello, os eh dado lo más sagrado que tengo luego de mi vida consagrada a usted. El anillo que mi madre solía usar, es la única pieza que trae a mi mente verdaderos recuerdos de felicidad. De una noble dama para una gran dama.

Lentamente, la gobernante retiró el precioso anillo del dedo. Su rostro poseía la belleza de la eternidad y el encanto de un nuevo amanecer para el Dios Guerrero.

– No hay nada que perdonar querido Alberich – su voz transmitía gran paz – No soy digna de este anillo. La verdadera dueña aún está por llegar. Todo según su tiempo – dijo logrando hacer escapar un suspiro acogedor por parte del guerrero.

El guerrero de Megrez permanecía tan quieto que su cuerpo había olvidado hacía rato dónde se hallaba. ¿Cuánto tiempo había permanecido ahí? no le importaba, porque ahora sentía como su espírtitu había alzado el vuelo.

Hilda continuó su recorrido llegando a la habitación del Dios Guerrero de Merack, encontrándo a su hermana menor velando los sueños del rubio señor de los hielos y fuego, optó entonces por retirarse. Nunca se atormentó con la idea de una posible relación entre ellos dos. Alguna vez escuchó que Hagen era el destinado para continuar el linaje de la familia real, según los planes del difunto rey.

En el silencio de la noche, mientras caminaba por los pasillos escuchaba debilmente la voz consentidora del Dios Guerrero de Aliotho hablando con su fiel lobato. Al ingresar tanto guerrero como lobo se inclinaron ante la gobernante manifestando de esta manera sus respetos y saludos.

– ¡El guerrero de Aliotho hecho realidad! Se bienvenido al palacio Valhalla – musitó Hilda extasiada.

Postrado aún ante ella. Su perlada mata de cabellos cayó sobre su rostro y la gobernante apoyó ambas manos sobre su cabeza agacha.

– Sois el más joven de mis guerreros. Por ello debeis recorrer el camino de la verdad y la vida. Entonces habeis realizado vuestra misión en la vida.

Fenrir cogió la mano de Hilda y la llevó a los labios. Optó pues por estamparle un cálido beso. Aún tenso, Hilda no adivinó que anhelaba su contacto como un niño.

Thor el sereno y bueno, contó su experiencia con Malena y cómo sintió de cuenta nueva la misma sensación de dulzura y calidez en su cosmo.

– Antes pensaba que era posible que no tuvieramos más ocasión para hablar – susurró el Dios Guerrero de Pecta – Pero, mi querida señora una vez más dejad en mis manos su cuidado y protección.

En el posterior silencio Thor tuvo la sensación de que su mundo volvía a renacer. En el fondo de su corazón tenía la firme convicción de que esta vez él no la defraudaría. Estaría allí esperando, se dijo. Aún con esperanzas.

Continuará…

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  1. CAPITULO II: EL DESTINO DE POLARIS « Janniceg Frankfurt - abril 24, 2011

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